
Jesús Leonardo Núñez
Los estudiantes de la educación básica en Monagas merecen ser considerados como verdaderos héroes, soldados o abanderados de la voluntad humana. No solamente los abruma la crisis natural de sus edades tempranas, sino también las múltiples crisis de un país en el que la inversión social parece un tema de moda en cualquier foro oficialista, aunque el escenario real que deben enfrentar los que visten chemise blanca, celeste o beige, es otro y nada alentador.
Aunado a las limitaciones propias de los hogares monaguenses, a los escasos niveles de ingreso familiar, a los índices de inseguridad y a las marcadas deficiencias en los servicios públicos, por decir lo menos y en especial, al sistema de transporte local que desprecia el derecho constitucional del pasaje preferencial; los estudiantes están obligados a cumplir con un régimen escolar en ambientes severamente desfavorables.
Si de superar cada etapa de preparación escolar se trata, estos ya denominados soldados, tienen el “deber” de hacerlo entre ruinas, o lo que es lo mismo, batallar para ser libres en pensamiento y formación pero rodeados de una infraestructura en decadencia y olvidada. Y es que ni siquiera tienen que viajar a Grecia para conocer cómo un sistema de edificaciones con propósitos comunes, literalmente se está carcomiendo. Al menos los griegos cuentan con edificios históricos más duraderos y muestran con orgullo que mientras estos se desgastan con el tiempo, más valor aportan a la memoria humana y con mayor énfasis se reconocen los logros de una civilización, de un pueblo; es decir, un escenario absolutamente contrario al caso Venezuela.
Pareciera que las políticas de mantenimiento de las edificaciones escolares, estuvieran preconcebidas más como modo de relanzamiento de gestiones gubernamentales que para proponer y prolongar cada vez, una mejor y más agradable educación. No en balde el venezolano prefiere recordar los tiempos pasados como los de mayor estabilidad general.
En la Escuela Básica Leonardo Infante, ubicada al este de Maturín, el desalojo del 90 % de la población estudiantil fue posiblemente la última solución que tenía en mente la dirección de dicho plantel, pero ante los informes de seguridad planteados por instituciones como Protección Civil y Bomberos de Monagas, la decisión insólita e histórica, se volvió más que inminente.
Solo uno de los pequeños edificios que compone esta institución, con al menos cuatro aulas bien dispuestas, puede considerarse como área no restringida; el resto de la escuela está acordonada con cintas amarillas, de las que se colocan en lugares en los que se cometió un crimen, donde hay material peligroso o donde ocurrió un accidente con severas consecuencias.
En cierta forma, sí ocurrió todo eso como el caso de una lámpara rectangular de aluminio que cayó violentamente en el escritorio de una docente y en plena ejecución de la clase. “La maestra ya está bien y lo único que siente son unos dolores en su hombro, pero ya está dando clases en una de las casas que nos prestaron para una de las secciones”, dice Tibisay Ramos, directora de esta institución que se cae por causa del óxido y las filtraciones. “Desde que fue fundada, hace como veinticinco años, no se le hace mantenimiento”.
La solución momentánea y que no la propuso ninguna autoridad o instancia oficial, surgió de la bondad y solidaridad local: algunas escuelas de El Mereyal y El Parquecito, así como la sede de Postgrado del Instituto Pedagógico de Maturín, el Colegio de Profesores y varios representantes que dispusieron de los garajes y patios de sus casas, definen de manera fraccionada y dispersa lo que es la Leonardo Infante en la actualidad.

Entre el óxido y las filtraciones
En la escuela Leonardo Infante penetran aguas de lluvia en las plantas inferior y superior, se desprenden las luminarias con sus tuberías de cableado, hay severos daños en el sistema eléctrico, es decir, cableado, suicheras y tomacorrientes en muy mal estado; es improvisada algunas instalaciones de cables para sostener las pendulantes lámparas, hay corrosión en las vigas, desprendimiento de los canales de desagüe, baños con pocetas y lavamanos sin funcionamiento, tanque de agua con estructura oxidada y filtraciones.
La lista continúa pero esto es lo que pudo recoger en un informe preliminar del 10 de octubre de 2011, la gente de Protección Civil, lo que dio paso a que se prohibiera que la población estudiantil permaneciera en su escuela.
Dada la situación, “de 1.200 niños nos quedan 1.050, porque los padres optaron por llevarlos a otro lado y es difícil reconducir la matrícula para otras instituciones que también tienen problemas de espacio y porque no se han construido nuevos planteles, ni en ésta ni en ningún otra zona”, refiere Tibisay Ramos, directora del plantel.
Esta institución solo cuenta con una promesa de FEDE, organismo que les dijo que están en el nivel 2 de contratación y se esperaba que acudiría una comisión de ingenieros para comenzar con las acometidas de la obra de reparación. “Si los trabajos se estuvieran realizando, uno estaría tranquilo de saber que se está trabajando en una solución, trabajaríamos incómodos pero tranquillos; pero ni siquiera eso”. La Sala de Proyectos de la gobernación de Monagas hizo una propuesta de solución que según Ramos, ya se llevó a Caracas.
“Se cubrieron todas las instancias para buscar ayuda y el colegio se ahoga solo. Son múltiples los retrasos porque ahora el proyecto debe replantearse para ajustarse a los precios actuales de materiales de construcción, lo que produce nuevas trabas; pero el costo, hasta principios de noviembre, era de 80 millones de bolívares”, cifra enormemente menor a lo que se destinaría para la reparación de unas pocas calles en un barrio cualquiera.

ETI autogestionada: no hay otra vía
La recién creada Sociedad de Padres de la Escuela Técnica Industrial Maturín desmitificó la idea del autosustento y hacia allá, aunque con pasos tímidos, se encaminan. La asignación de los proyectos integrales comunitarios parece ser un tema con el que se busca unificar criterios en esta institución independientemente si el Gobierno desea que tenga la nomenclatura “robinsoniana”, “zamorana” o la desgastada “bolivariana”.
Flor Marchán, docente orientadora, comenta que el Gobierno era el encargado de desarrollar los planes de autogestión en la ETI, pero nunca se concretaron, por eso opina que la principal labor de la directiva y en especial, de la Sociedad de Padres, es la de unificar a la comunidad con la escuela para generar un mismo espíritu de emprendimiento, en la búsqueda de las propias soluciones a los múltiples problemas.
Un ejemplo mínimo pero que denota la crisis de la ETI, es el estado deplorable en el que se encuentra parte del cercado perimétrico. Venus Ledezma, secretaria de la dirección, señala una de las cercas de ciclón claramente destruidas y por donde es fácil el acceso de sujetos indeseables. “No se justifica que siendo una escuela de formación industrial, no haya un proyecto mediante el cual sean los mismos estudiantes por ejemplo, del área de soldadura, quienes reparen estas instalaciones”, criterio aplicable a otras áreas fundamentales.
En ese sentido, José Gómez, de Mantenimiento Mecánico, muestra en el taller respectivo, los múltiples materiales que los estudiantes están obligados a emplear para el desarrollo de un novedoso plan para la construcción de mesas y sillas de clase, así como de pupitres que bien pueden producirse no solamente para cubrir las necesidades locales, sino para llevar este tipo de mobiliario a otras instituciones, incluso a costos realmente solidarios y que permitan el tan anhelado autosustento, coinciden Marchán y Ledezma.
Pero en otros escenarios, la ETI debe hacerle frente a múltiples problemas como la escasez de agua. “No hay agua potable porque la bomba se rompió y para los estudiantes es muy difícil la dinámica escolar porque ni siquiera pueden ir a los baños”, advierte Luis Rodríguez, designado como presidente de la Sociedad de Padres y quien agrega que “cuando les preguntamos cuál es el problema más grave de la institución, ellos nos gritan al mismo tiempo que es el problema del agua”. La cancha sin techo, la inseguridad permanente, las luminarias deficientes y el hecho de no contar con una cantina sino con vendedores externos e itinerantes de chucherías; viene generando un sentimiento de rebeldía en la población estudiantil, según consideran casi al unísono, los representantes y los docentes. Incluso, el problema de la inseguridad es tal, que el comedor destinado para el Programa Alimentario Escolar, fue destruido en un acto vandálico de los tantos que se cuentan para la ETI, y aparentemente en manos ajenas a la institución.

Pasó un terremoto por la Escuela de Talento Deportivo
El personal de la Escuela de Talento Deportivo definió con claridad dos áreas para esta institución, el “ala sur” y el “ala norte”. Lo que se vive en este plantel son dos caras de una misma moneda, aunque ambas de expresiones nada alegres y como en muchas situaciones del drama que enfrentan las sociedades, al ala sur le tocó la peor parte de una desgracia que pudo ser peor.
El ala norte, no por ser norte precisamente le tocó lo mejor pero al menos los distintos espacios, si se vale el plural, son medianamente “habitables”. Lo que antes era un área de exposición y posteriormente, de almacenamiento, hoy es un espacio que sirve para albergar a los alumnos de tres secciones, apenas divididos por un sistema de tabiquería que dificulta el desarrollo de una y otra clase.
“Mientras un profesor, habla el otro trata de hablar más fuerte para que sus alumnos le entiendan”, dice en un tono de jocosa ironía Domingo Carrera, director desde octubre de una escuela en la que a pesar de sus condiciones, forma buen parte del semillero deportivo que representa a la entidad monaguense en campeonatos nacionales e internacionales.
“Ésta es una institución especial porque se busca el entrenamiento de alumnos con aptitudes para distintas disciplinas deportivas, pero al mismo tiempo se busca su formación académica”. En ambas instancias, a un estudiante deportivo se le dificulta aprender en ambientes extrañamente compartidos, desproporcionados y definitivamente mezclados sin que se establezcan criterios de ubicuidad adecuados para un mejor desarrollo de la clase. Desde cualquier ángulo de alguno de los “salones”, se pueden divisar el desarrollo del resto de las otras secciones en las que de paso, se debe batallar para mantener el nivel de concentración de unos alumnos que inevitablemente, son interrumpidos por el bullicio alterno. De hecho, al ingresar a la institución no hay una cartelera o área de atención, sino una sala dividida en dos por una pared, gracias a la cual se pueden disponer de dos secciones. Los alumnos inevitablemente ven el transitar incesante de todo el personal y del resto de los estudiantes que no cuenta con otro espacio por donde desplazarse de un área a otra.
Al menos en la denominada ala norte hay vida, en la del sur, la actividad académica es totalmente nula, al punto de que los gatos, murciélagos, palomas, insectos y demás alimañas se dan el lujo de establecerse sin comprometer su existencia, dado que ningún personal se acerca a esta área donde un segmento del techo se vino completamente abajo, producto de las lluvias de distintas épocas. Incluso, aún se pueden ver algunos de los escombros de la cubierta de machihembrado desplomada que dejó varios metros cuadrados de un enorme boquete por el que entre la luz del sol y por supuesto, más lluvia y las alimañas.
Cuando se ve en la necesidad de ingresar a esta área, evidentemente en abandono, Carrera hace fuerza y desliza un escaparate de metal, tipo archivo, que resguarda una entrada sin puerta. El docente considera que el ánimo de la población estudiantil está por el suelo y por supuesto, el rendimiento de los futuros exponentes deportivos de la región, está en entredicho. El drama del agua también se repite en esta institución que cuenta con una bomba que se controla desde el Instituto del Deporte del estado Monagas, “pero la prenden por un tiempo y la presión no alcanza para abastecer la escuela”.
Por ahora, las esperanzas de la Escuela de Talento Deportivo reposan en un proyecto que podría ponerle fin al problema de la indefinición de aulas, como lo es la concesión de la villa deportiva, edificación ubicada a tan solo unos pasos y cuya solicitud ya fue formalizada.




Desarrollado por